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Los altavoces PL200 son una versión compacta de la universalmente aclamada PL300 que ha sido diseñada para que se integre en un repertorio de espacios aún más grande.


En un acertado redimensionamiento de la PL300 (la PL200 ocupa aproximadamente 1/3 del volumen de la PL300), los ingenieros de Monitor Audio han cuidado muy especialmente preservar todas las virtudes sonoras y la excelencia del diseño de la misma.

Utilizando una versión reducida (6’5 pulgadas de diámetro) del altavoz de graves de 8″ de la PL300 y reconfigurando el altavoz de medios TLE (“Tapered Line Enclosure”/”Recinto con Línea de Transmisión Terminada en Punta”) para alinearlo coaxialmente con el puerto bass-reflex HiVeII de la PL200, ha sido posible dotar a esta última con la esencia espiritual de su hermana mayor.

El éxito obtenido por Dean Hartley y su equipo en el trabajo realizado se materializa en la cercanía de las características técnicas de la PL200 y la PL300 pese al significativo redimensionado de la primera. A cambio de las ventajas prácticas ofrecidas por su más compacto recinto, la PL200 sacrifica solamente un poco la extensión de la respuesta en graves de la PL300, a la que tampoco iguala en capacidad de manejo de potencia y nivel de presión sonora máximo.

En otros parámetros relacionados con las prestaciones, la PL200 y la PL300 sin perfectamente comparables aunque siempre teniendo en cuenta que en el interior de la primera se han tenido que respetar algunos pequeños compromisos.

Con casi 1 metro de altura (99’8 cm para ser exactos, a lo que se añade una anchura de 25’5 cm y una profundidad de 28’5 cm), la compacta columna de tres vías PL200 incorpora dos altavoces de graves de 6’5 pulgadas con tecnología RDT, un único altavoz de medios RSDT de 4 pulgadas y el superlativo tweeter de cinta de C-CAM exclusivo de la serie Platinum.

Al igual que otras cajas acústicas de la serie Platinum, el innovador -tanto en su forma como en su estructura de refuerzos internos- recinto utilizado está terminado en chapas de madera exótica (Santos Rosewood y Ébano) auténtica lacadas y en un elegante lacado en negro piano. El panel frontal está tapizado en cuero de alta calidad.

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Cuenta con 1.400 metros cuadradados divididos en dos plantas. Ubicado en Plaza Etxeberri, sustituirá al obsoleto, que ha estado funcionando hasta ahora

El próximo lunes, día 7 de noviembre, comenzará a funcionar a pleno rendimiento el nuevo centro de salud que se ha construido en Plaza Etxeberri, lo que supone un objetivo cumplido para Urnieta. Después de años buscando contar con una servicio en condiciones, ayer finalmente tuvo lugar la inauguración del recinto y el lunes comenzará a acoger las consultas de los urnietarras, usuarios que junto a los sanitarios van a ser los grandes beneficiados de la apertura de la nueva instalación.

Ayer estuvo presente el Viceconsejero de Sanidad del Gobierno Vasco, Jesús María Fernández, no así el Director General de Osakidetza, Julián Pérez Gil, tal y como se había anunciado, para visitar la nueva instalación. Estuvo acompañado no solamente por el alcalde, Mikel Pagola, sino también por concejales de la actual y anterior Corporación municipal.

Tal y como han reconocido desde el Gobierno Vasco, las carencias asistenciales en cuanto a consultas y actividades grupales que presentaba el antiguo centro de salud de Urnieta, así como su inconveniente ubicación en locales municipales, «exigía desde hace tiempo una ampliación de dotaciones y un cambio de localización».

Para ello, Osakidetza adquirió unos locales ubicados en los números 9 y 11 de la Plaza Etxeberri, dotados de dos plantas y unos 1.400 metros cuadrados, de cara a adecuarlos para la ubicación del centro de salud urnietarra.

El Presupuestos destinado para la redacción del proyecto y ejecución de la obra ha ascendido a 1,3 millones de euros, lo que supuso en su momento un descenso de un 24,6% sobre el precio de licitación establecido. Los trabajos se desarrollaron durante 6 meses, más otros 3 para equipar el nuevo centro con el instrumental y mobiliario necesario.

Área asistencial: Una sala de curas, una de extracciones, otra de pruebas complementarias, dos consultas disponibles, una zona de espera asociada a esta zona, dos consultas de pediatría, una consulta enfermera pediátrica, un lactario, una zona de espera para este área y aseos para clientes.

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La ciudad de las carpas en la plaza Frank Ogawa del centro de Oakland, epicentro del movimiento de los indignados en California y del país, renace y crece al caer la noche.

A los cientos de indignados no solo de Oakland sino de otras ciudades de la bahía de San Francisco que han hecho de la plaza principal de esta ciudad su hogar —instalando sus tiendas de campaña desde hace casi un mes— se suman otros tantos que vienen de noche a apoyar el movimiento y en rechazo al poder de las corporaciones y la caída de la economía.

A las 7:00 p.m. comienza la asamblea general. El frío cala pero los indignados no se van. Abrigados de pies a cabeza hasta con cobijas, discuten durante horas los pasos a seguir en una asamblea masiva general abierta y luego en grupos.

Quieren que a través de una iniciativa municipal, Oakland deje de ser una ciudad chárter, que se establezcan las asambleas de barrios para que tomen las decisiones de gobierno en lugar del Concejo.

“Queremos que la gente tenga el control directo de los recursos públicos y el presupuesto”, grita a la multitud una mujer que se identifica como Iris.

Los participantes temen decir sus nombres, sobre todo los hispanos. Así pasó con una inmigrante mexicana que vive en el este de Oakland desde hace diez años y pidió no ser identificada, pero que participó activamente en la asamblea.

“No necesito venir a acampar para apoyar”, dice. “Y no vas a encontrar a muchos hispanos, sobre todo a los que no tienen papeles, porque al quedarte aquí a acampar estás expuesta a que en cualquier momento venga la policía y te lleve”, indicó.

Apurada porque va rumbo a su trabajo que comienza a las 11:00 p.m., la puertorriqueña María Badillo dice que decidió unirse a los indignados porque se quedó sin trabajo desde hace año y medio. “Yo era maestra de Ciencias Sociales, pero cuando llegaron los recortes presupuestarios por no tener suficiente antigüedad, me despidieron. Colecté desempleo y luché por no dejar mi carrera, pero cada año es peor. Cada día cierran más escuelas”.

Su desgracia no paró ahí: “Perdí mi departamento. Tengo un seguro médico por 540 dólares al mes porque tuve un accidente y llevó cinco cirugías que me crearon una deuda imposible de pagar y me arruinaron el crédito, y con ese gasto ni siquiera puedo rentar”, explica.

“Pero no estoy aquí por mi lucha personal, sino porque represento a tanta gente que está igual que yo”, expone.

Gilberto Daniel Rodríguez, un estudiante de Estudios Urbanos y Arte del Instituto de Artes de San Francisco, que vive entre el campamento de los indignados y en una casa embargada que invadió en Oakland, dice que en los días que lleva en la Ciudad de las Carpas, lo que más le ha gustado es la solidaridad que ha encontrado entre las diferentes comunidades.

“Aquí eres libre de expresar tus opiniones”, señala, para luego leer un poema que escribió en una de las madrugadas en el campamento.

Rodríguez adelanta que el próximo viernes planean tomar el Puente de la Bahía que une a Oakland con San Francisco.

Mientras la noche en el campamento de los indignados avanza y el frío arrecia, las filas en la tienda que ofrece comida no cesan.

“Vamos a servir hasta que se acabe”, dice uno de los voluntarios que sirve comida y que tras horas de hacerlo ya no siente el frío. “Llevo muchas horas moviéndome”.

Grupos como el del Sindicato Internacional de Trabajadores de los Servicios (SEIU) han donado comida.

Mientras se come una hamburguesa y una ensalada, Henry, un joven de 19 años que vino de Los Ángeles, cuenta que el jueves pasado, cuando no tenía ni 15 horas de haber llegado al campamento, agentes de policía se lo llevaron detenido y lo mantuvieron preso alrededor de 15 horas, junto con otro grupo de muchachos que tomaron un edificio vacío a unos pasos del Ayuntamiento.

“Éramos como unos 80 muchachos, pero los policías eran muchos más. Nos tocaba de a policía por muchacho. Algunos policías eran burlones, sarcásticos”, dice Henry. “La verdad es que muchos de los indignados sí se han lanzado a aventar piedras a las ventanas de los bancos, rayonearlos y cometer excesos”.

En un recorrido por la ciudad, Henry muestra cómo los bancos se han prevenido cubriendo sus grandes ventanales con tablaroca.

Ya es sábado y es de madrugada en el campamento. Muchos no duermen, siguen de pie en grupos, platicando. Algunos bailan y se animan al compás de conjuntos musicales que han venido a solidarizarse.

De repente los indignados se sobresaltan. Unas cuatro patrullas y una ambulancia llegan al lugar. Dos mujeres se pelean en la calle frente al campamento, y una de ellas aparentemente finge estar herida para que no las detengan. La policía se lleva arrestadas a las dos mujeres, ante las miradas de decenas de curiosos indignados.

Danielle Daniels, una enfermera registrada que perdió su empleo hace dos semanas, está al frente de la carpa de medicinas del campamento. “Voy a estar aquí hasta las tres de la mañana”, dice. Y explica que el problema de salud más frecuente entre los indignados son los resfriados y las gripes. “Les damos vitamina C y recomendamos que usen mucho gel antiséptico”.

En el campamento hay ayuda de todo tipo, una tienda de campaña para abastecer a los indignados de sábanas, bolsas para dormir, papel sanitario, una guardería que opera de día, una biblioteca y hasta una sala para meditar.

Joseph Briones, de Glendale, se ve muy cansado. “Es el resultado de casi no dormir, bañarte una vez a la semana, no comer bien”, explica.

Lleva 41 días participando con los indignados desde que comenzó en Los Ángeles y 10 días en Oakland.

“Aquí está llevándose a cabo una revolución. Todo lo que le hace falta a los indignados de Los Ángeles aquí les sobra. Aquí hay menos infraestructura pero hacen más, toman puertos, cierran calles. En Los Ángeles, sentados en sus tiendas de campaña, los indignados se la pasan hablando, pensando solamente. Aquí, sin duda, es el bastión de los indignados de todo el país, pero es porque aquí en esta ciudad hay una historia de participación”.

Son casi las 5:00 a.m., el movimiento sigue en la Ciudad de las Carpas. Pocos duermen, pero Joseph quiere dormir unas horas antes de ir a una marcha a las 10:00 a.m. En su carpa se apilan unos cinco indignados que han venido de Los Ángeles. Joseph muy seriamente recomienda dormir con un ojo en las pertenencias.

“Nunca falta”, advierte con mucha seriedad, mientras los primeros rayos de sol se asoman a la Ciudad de las Carpas.

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Banksy, es el graffitero británico de identidad desconocida. Poco se puede decir de él ya que todo son conjeturas.


Se ha hecho famoso por sus graffitis, en su mayoría situados en Londres y Bristol.

Sus obras son fundamentalmente críticas a la sociedad, aunque también critican a  la cultura pop. Por esto último se podría ubicar a Banksy dentro de un movimiento artístico denominado Culture Jamming, donde se deforma una imagen publicitaria para así cambiarle el mensaje. Suele pintar ratas, policías y soldados… y en lugares de cierto interés turístico.

Banksy ha colocado sin autorización algunas de sus obras en museos de renombre, como el MOMA de Nueva York o la Tate Modern de Londres, llegando a alcanzar tal fama que sus obras ya se subastan en Sotheby´s.

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Enfermera y reanimadora del SAMU plasmó en un libro sus duras experiencias en el sistema público.


Lulú, como le dicen sus amigos, ha recorrido las calles capitalinas en un carro blanco con sirena. Ha vivido crudas situaciones en su vida laboral que quisiera borrar de su mente.

Fue justamente en la escritura que la santiaguina encontró la puerta de escape. Comenzó a redactar sus experiencias arriba de un vehículo hospitalario y así nació “Historias de Ambulancia“, un libro que recopila las aventuras que la han marcado.

“Necesitaba sacar las emociones y me decidí a escribir. Quería relatar cómo vivimos en esos momentos que pierdes una vida. La idea es que la gente sepa cómo trabajamos”, afirmó la mujer, que lleva 16 años laburando en el SAMU.

Lucía reconoce que ingresó al sistema público pensando que sus acciones serían heroicas, pero los años de servicio le enseñaron que eran más las penas que las alegrías: “Muchas veces me quedaba llorando en la ambulancia”.

La enfermera, junto a Jorge Rubio, kinesiólogo y reanimador del SAMU, tomaron la decisión de crear un texto de 86 páginas para plasmar sus vivencias.

Jorge hizo las ilustraciones y Lucía recopiló con el resto de sus compipas los hechos que más los habían marcado. Hay atropellos, choques, accidentes caseros e incluso suicidios.

Una de las historias que más la marcó trata “de unos niños que fueron degollados por su papá. Mis compañeros que estuvieron presentes en esa ocasión quedaron paralizados, fue desgarrador”, contó.

La mujer, madre de dos hijos, laburó en el Hospital Exequiel González Cortés, donde hizo sus primeras armas. Luego no le gustó el trabajo en clínicas privadas “y volví al sistema público; ahora estoy en la Posta Central”.

La reanimadora reconoce que muchos compañeros han perdido la sensibilidad por culpa de la pega, pero que “en ocasiones uno siente una angustia y lo único que haces es llorar”.

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