La ciudad de las carpas en la plaza Frank Ogawa del centro de Oakland, epicentro del movimiento de los indignados en California y del país, renace y crece al caer la noche.
A los cientos de indignados no solo de Oakland sino de otras ciudades de la bahía de San Francisco que han hecho de la plaza principal de esta ciudad su hogar —instalando sus tiendas de campaña desde hace casi un mes— se suman otros tantos que vienen de noche a apoyar el movimiento y en rechazo al poder de las corporaciones y la caída de la economía.
A las 7:00 p.m. comienza la asamblea general. El frío cala pero los indignados no se van. Abrigados de pies a cabeza hasta con cobijas, discuten durante horas los pasos a seguir en una asamblea masiva general abierta y luego en grupos.
Quieren que a través de una iniciativa municipal, Oakland deje de ser una ciudad chárter, que se establezcan las asambleas de barrios para que tomen las decisiones de gobierno en lugar del Concejo.
“Queremos que la gente tenga el control directo de los recursos públicos y el presupuesto”, grita a la multitud una mujer que se identifica como Iris.
Los participantes temen decir sus nombres, sobre todo los hispanos. Así pasó con una inmigrante mexicana que vive en el este de Oakland desde hace diez años y pidió no ser identificada, pero que participó activamente en la asamblea.
“No necesito venir a acampar para apoyar”, dice. “Y no vas a encontrar a muchos hispanos, sobre todo a los que no tienen papeles, porque al quedarte aquí a acampar estás expuesta a que en cualquier momento venga la policía y te lleve”, indicó.
Apurada porque va rumbo a su trabajo que comienza a las 11:00 p.m., la puertorriqueña María Badillo dice que decidió unirse a los indignados porque se quedó sin trabajo desde hace año y medio. “Yo era maestra de Ciencias Sociales, pero cuando llegaron los recortes presupuestarios por no tener suficiente antigüedad, me despidieron. Colecté desempleo y luché por no dejar mi carrera, pero cada año es peor. Cada día cierran más escuelas”.
Su desgracia no paró ahí: “Perdí mi departamento. Tengo un seguro médico por 540 dólares al mes porque tuve un accidente y llevó cinco cirugías que me crearon una deuda imposible de pagar y me arruinaron el crédito, y con ese gasto ni siquiera puedo rentar”, explica.
“Pero no estoy aquí por mi lucha personal, sino porque represento a tanta gente que está igual que yo”, expone.
Gilberto Daniel Rodríguez, un estudiante de Estudios Urbanos y Arte del Instituto de Artes de San Francisco, que vive entre el campamento de los indignados y en una casa embargada que invadió en Oakland, dice que en los días que lleva en la Ciudad de las Carpas, lo que más le ha gustado es la solidaridad que ha encontrado entre las diferentes comunidades.
“Aquí eres libre de expresar tus opiniones”, señala, para luego leer un poema que escribió en una de las madrugadas en el campamento.
Rodríguez adelanta que el próximo viernes planean tomar el Puente de la Bahía que une a Oakland con San Francisco.
Mientras la noche en el campamento de los indignados avanza y el frío arrecia, las filas en la tienda que ofrece comida no cesan.
“Vamos a servir hasta que se acabe”, dice uno de los voluntarios que sirve comida y que tras horas de hacerlo ya no siente el frío. “Llevo muchas horas moviéndome”.
Grupos como el del Sindicato Internacional de Trabajadores de los Servicios (SEIU) han donado comida.
Mientras se come una hamburguesa y una ensalada, Henry, un joven de 19 años que vino de Los Ángeles, cuenta que el jueves pasado, cuando no tenía ni 15 horas de haber llegado al campamento, agentes de policía se lo llevaron detenido y lo mantuvieron preso alrededor de 15 horas, junto con otro grupo de muchachos que tomaron un edificio vacío a unos pasos del Ayuntamiento.
“Éramos como unos 80 muchachos, pero los policías eran muchos más. Nos tocaba de a policía por muchacho. Algunos policías eran burlones, sarcásticos”, dice Henry. “La verdad es que muchos de los indignados sí se han lanzado a aventar piedras a las ventanas de los bancos, rayonearlos y cometer excesos”.
En un recorrido por la ciudad, Henry muestra cómo los bancos se han prevenido cubriendo sus grandes ventanales con tablaroca.
Ya es sábado y es de madrugada en el campamento. Muchos no duermen, siguen de pie en grupos, platicando. Algunos bailan y se animan al compás de conjuntos musicales que han venido a solidarizarse.
De repente los indignados se sobresaltan. Unas cuatro patrullas y una ambulancia llegan al lugar. Dos mujeres se pelean en la calle frente al campamento, y una de ellas aparentemente finge estar herida para que no las detengan. La policía se lleva arrestadas a las dos mujeres, ante las miradas de decenas de curiosos indignados.
Danielle Daniels, una enfermera registrada que perdió su empleo hace dos semanas, está al frente de la carpa de medicinas del campamento. “Voy a estar aquí hasta las tres de la mañana”, dice. Y explica que el problema de salud más frecuente entre los indignados son los resfriados y las gripes. “Les damos vitamina C y recomendamos que usen mucho gel antiséptico”.
En el campamento hay ayuda de todo tipo, una tienda de campaña para abastecer a los indignados de sábanas, bolsas para dormir, papel sanitario, una guardería que opera de día, una biblioteca y hasta una sala para meditar.
Joseph Briones, de Glendale, se ve muy cansado. “Es el resultado de casi no dormir, bañarte una vez a la semana, no comer bien”, explica.
Lleva 41 días participando con los indignados desde que comenzó en Los Ángeles y 10 días en Oakland.
“Aquí está llevándose a cabo una revolución. Todo lo que le hace falta a los indignados de Los Ángeles aquí les sobra. Aquí hay menos infraestructura pero hacen más, toman puertos, cierran calles. En Los Ángeles, sentados en sus tiendas de campaña, los indignados se la pasan hablando, pensando solamente. Aquí, sin duda, es el bastión de los indignados de todo el país, pero es porque aquí en esta ciudad hay una historia de participación”.
Son casi las 5:00 a.m., el movimiento sigue en la Ciudad de las Carpas. Pocos duermen, pero Joseph quiere dormir unas horas antes de ir a una marcha a las 10:00 a.m. En su carpa se apilan unos cinco indignados que han venido de Los Ángeles. Joseph muy seriamente recomienda dormir con un ojo en las pertenencias.
“Nunca falta”, advierte con mucha seriedad, mientras los primeros rayos de sol se asoman a la Ciudad de las Carpas.
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