Si hay algo que nos diferencia del resto de Europa es el escaso respeto por lo público que profesamos por estas latitudes.

Aquí, en alguna que otra ocasión, he mostrado mi preocupación por la facilidad con que algunos se reparten el dinero que sale de nuestros bolsillos. Y más aún por la desfachatez con que lo hacen.

Ayer, en la Redacción, al ver las fotografías del estado en que unos vándalos han dejado los servicios del mercadillo de los lunes no pude menos que sentir vergüenza. Y lo peor es que no era ajena, sino propia.

Me avergüenza que debamos seguir con el mazo en la mano para evitar que el patrimonio sea destrozado. Me llena de pena que haya quienes se jacten de haber destrozado la mejor o más céntrica fachada con una pintada.

Me entristece que tras tantos años de democracia sigamos sentados a una mesa en la que la pata de la educación más que cojear simplemente no existe por meros intereses partidistas.

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